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No quiso Borges ningún compromiso social para el escritor. Aunque dio enérgicamente la espalda al antisemitismo, al nacionalsocialismo o al peronismo, no prescribió a la literatura ninguna función social. Probablemente en el fondo de su rechazo dormía el mismo elitismo que va y viene en sus textos y en su vida. Elitismo que no desaparece cuando en sus poemas surgen los romos cuchillos de los gauchos, la muerte sangrienta en La Pampa o el degüello en el Río de la Plata. Todas esas circunstancias están miradas, siempre, desde arriba y no valen nada para rebajar aquel elitismo. Pero que su postura sufra esa dolencia no supone que esté, para siempre, contaminada. Otros contemporáneos de Borges, algunos de sangre y carne y otros solo vivos en papel, no suscribieron la idea de la literatura por la literatura. Creyeron que correspondía al escritor, como al falangista (griego, no español), cargar con afilada lanza en el orden social y moldear las jerarquías. Bien pertrechado de tinta y pluma, debería el escritor trazar el camino que la sociedad debe seguir. Esa literatura —ajena al servicio de lo eterno— trabaja para el orden, bien para mantenerlo o para sustituirlo por otro más o menos justo. La distribución del trabajo obliga a unos, entonces, a matar directamente y a otros a hacerlo con la poesía de la violencia y el teatro de la pistola. 

Si estas breves líneas fueran una sentencia y yo fuera el Juez, no podría más que resolver en favor de Borges. Como no lo son, es indiferente que me una con él una amistad íntima (e incluso que compartamos nacionalidad o que naciéramos a pocos centenares de metros de distancia). Todo eso daría lugar probablemente al deber de abstenerme y, si me obstinara, a mi recusación. Pero, como esto no es un juicio, soy libre de (¡o estoy obligado a!) contribuir a la postura de mi compatriota. Libre u obligado a mantener que la literatura no está al servicio de la política y que cuando entra en ella, deja en la puerta la pluma para tomar, ya dentro, la espada. 

No está la literatura llamada a hacer real ningún orden particular en la sociedad, a resolver ninguna antagonía de intereses. Está llamada, más bien, al alto hedonismo de escribir y leer sin ningún más allá. Sin ningún trasfondo que, más o menos abiertamente, pretenda señalar, cual caudillo ilustrado, el rumbo de un grupo social. Señalar, conducir (führen) o dirigir (ducere), como ustedes quieran. Y que Stendhal —según se dice— leyera el Código Civil de Napoleón en búsqueda de fina sintaxis (ya queda poco de esa en las normas de hoy) no puede hacernos pensar que entre la literatura y el Derecho existe una relación natural. La literatura comparte con el Derecho mucho de forma: los dos nos emplazan con letras y símbolos variados, no siempre escritos. Pero no, que literatura y Derecho estén obligados a expresarse con estos limitados símbolos no puede conducir a pensar que su fin es también coincidente. Si aquel pretende organizar la sociedad, distribuir riesgos y resolver conflictos (futuros o presentes), la literatura no pretende nada más que satisfacer el íntimo deseo de quien escribe. 

La más alta literatura es, por eso, la que nunca quiso publicarse y que nunca pensó en entrar en la sociedad. Es la literatura que no pretendió engrasar sus manos con la lucha política, con el odio y con la envidia. Todo eso es la cruda y desgraciada vida et tout le reste est littérature

Brian Buchhalter Montero

Universidad Complutense de Madrid

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