Al poner en marcha Principios, no nos unían solo una serie de inquietudes sociales. También nos preocupaba el modo en que se estaba haciendo la política. Compartíamos una visión de la política como el arte de sumar al servicio del bien común. Nuestro proyecto no era crear un pequeño nicho sociológico o electoral, sino poner en circulación nuestras ideas, entrando en debate y trabajando con quienes no piensan en todo como nosotros, con la aspiración de contribuir a la reconstitución de nuestra democracia. En este post explicamos brevemente en qué consiste este “sumar”, y en qué se diferencia de otros modos de hacer política.

En una sociedad plural llena de conflictos de intereses y de visiones del mundo, necesitamos la política para poder convivir y cooperar en paz, justicia y libertad. Pero a la vez no hay instituciones políticas perfectas, capaces de resolver esas contradicciones para satisfacción de todos. Y aunque las hubiera, tampoco servirían para resolver todos nuestros problemas, ni para cambiar la naturaleza humana que los causa.

El arte de sumar

La tradición del humanismo incluye la convicción de que la convivencia humana no es solamente conflictiva. La cooperación, basada en el diálogo y en un cierto equilibrio de intereses, es posible y es buena para todos. Se puede ejercer el poder al servicio del bien común, con respeto a los derechos de todos, razonable eficacia y a la vez con la participación de los afectados. El empeño por colaborar y convivir permite superar divisiones -irreconciliables en teoría- entre posiciones encontradas, ideológicas o de intereses.

Pero conviene aceptar que en política los problemas nunca tienen solución, como los tiene un problema matemático. Los problemas políticos se superan mediante el compromiso entre las partes, que ceden hasta encontrar un punto de acuerdo, renunciando a parte de sus condiciones iniciales. Estos arreglos son siempre insatisfactorios y sujetos a revisión: resuelven solo algunos de los problemas, y dejan otros latentes. Es preciso proteger especialmente aquellos que constituyen el marco común, para garantizar el mínimo de estabilidad necesario para la vida social y las mejoras progresivas.

Vista así, la política exige la disposición y el empeño por sumar: sumar personas, grupos, ideas, perspectivas en un proyecto común. Y para eso, encontrar lo que une, buscar soluciones creativas mutuamente beneficiosas, crear instituciones que den voz a todos, escuchar las razones ajenas, respetar las sensibilidades, crear lazos y tender puentes… Ciertamente, la política también tiene su parte inevitable de lucha por el poder, de pulso de fuerzas, de contraste de ideas, de diferencias irreconciliables, de decisión por mayoría simple. Pero el primer impulso y la última palabra la debe tener el esfuerzo de sumar, en vez de restar o dividir, pensando en el bien común a largo plazo: en el desarrollo de las personas y de las instituciones básicas de sociabilidad como la familia, la escuela, etc.

Otros modos de hacer política

Esta visión contrasta con otros modos de ver y de hacer la política:

Aprender a sumar

Las disposiciones y hábitos que permiten sumar no se improvisan ni se impostan. Al que no los tiene “se le ve el plumero” a la primera ocasión: por su impaciencia, porque pontifica, porque no escucha, porque no cede nunca. O al contrario: porque cede siempre, sin distinguir lo esencial de lo secundario ni saber gestionar sus recursos de poder. Es preciso por tanto “entrenarse” en este arte. Porque, además, la intención de sumar no garantiza el éxito.

Un buen comienzo puede ser adoptar la actitud de sumar en todas las conversaciones que tengamos sobre política: aunque estemos indignados; aunque todas las demás opiniones sean contrarias, incluso en puntos esenciales; o aunque a nuestro alrededor todos parezcan de nuestra cuerda y previsiblemente aplaudan nuestras declaraciones rotundas.

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Suma: no restes, ni dividas.